Siddhārtha


Al igual que cruzo puertas, y con la misma facilidad, he sido capaz de atravesar montañas y ríos, pueblos de piedra buscando algo hasta encontrarte. Entre bosques de cuerpos aparece tu rostro, deseo que se apaguen todas estas luces desconcertantes, quiero verte a solas: nada sucede. Camino por calles empedradas que se inclinan a mi paso y logran que cada uno de ellos sea más difícil, más importante: sería mejor dejarme llevar por la gravedad del instante: ir cuesta abajo. Y por cada sendero que abro, y a cada paso, descubro nuevos dioses que piso en el siguiente paso. Dioses que, al igual que la noche, son grandes mentirosos; dioses que no se conocen entre ellos, monolíticos, escarchados. Sigo abriendo camino y en el penúltimo paso levanto pedestales a un cuerpo y una voz, dioses desconocidos hasta ahora: a ellos ofrezco ramos de palabras espinosas y aromáticas, arbustos de versos. Creo que seguiré caminando por esta travesía, creando pasos, abriendo heridas que al instante se llenan de esa ceniza amarillenta e irritante: polvo de huesos terrestres, trono de hormigas y trotamundos. Ando sin cansancio, hipnotizado tal vez por aquellas colinas lejanas que me invitan al abrazo, y entonces comprendo que no aparto mi vista de ellas por las connotaciones femeninas que poseen: ondulaciones arenosas, arbustos. El árbol en la orilla del camino, inquietante, desposeído, quieto, paciente. Estoy muy tranquilo junto a él: por mis venas sólo circula savia: sueño en verde, el árbol me abraza, me hace volar, me alimenta con sus frutos, y me protege del frío con sus hojas, sin tocarme, árbol guerrero, árbol de la purificación, árbol higuera. Despierto transformado, con nuevas energías en mis piernas, contemplo la lejanía, las brumosas cumbres que me llaman, el agua gélida que ansío, la viva roca que deseo, montañas inalcanzables, frío doloroso… adiós, adiós higuera.

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