Poco probable


Ocurrió cuando faltaban pocos minutos para el amanecer. Hasta ese momento habían estado durmiendo su solemne siesta nocturna, estaban recostados sobre la orilla húmeda y resplandeciente de la playa, de vez en cuando una ola lograba alcanzar sus cuerpos empapándolos de sal y agua. El cielo, vacío de nubes, mostraba su miríada de astros con un destello de orgullo, sabedor de que aquello era un espectáculo imponente. Lorenzo alzó su rostro hacia aquel firmamento y su mirada se detuvo en un punto que refulgía aún más que el resto de estrellas. Estuvo unos minutos en silencio.

— ¿Sabes lo que he pensado muchas veces?— con esta pregunta retórica salió de su ostracismo — y con esto no quiero entrar en otras divagaciones, ya lo sabes.

—Dime — fue la escueta réplica de su compañera que aún estaba somnolienta.

—Estuve hablando con Sofía, profundizando en el origen de todo esto, de nuestro planeta, de todo lo que vemos a través del cielo.

—Hablar con una metafísica no creo que te ayude— le respondió mientras giraba su cuerpo para empaparse del agua fresca que le llegaba en cada ola— Deberías hablar con algún científico que te pueda dar respuestas reales.

—También hablé con varios de ellos— prosiguió Lorenzo desviando su mirada hacia el tenue resplandor que se propagaba desde el horizonte— y no lograron resolver mis dudas.

El amanecer se acercaba con paso firme e imponente, iba cubriendo toda la lejanía bañando de oro toda la superficie marítima. Ya faltaban pocos kilómetros para llegar hasta la costa y Lorenzo hizo un rápido cálculo del tiempo que les quedaba por disfrutar de las vistas.

—Lo cierto es que me he preguntado desde pequeño si ahí arriba hay algo más— tanteó esperando una rápida respuesta de su amiga.

—Ya sabes que comparto esa idea.

—Pero algo más que también implique seres inteligentes, como nosotros, con una sociedad avanzada.

—Isaac realizó cálculos de probabilidades y convino que era muy probable que existieran otros seres inteligentes en otros planetas que nunca conoceremos— arguyó su compañera revolcándose otra vez en la nueva ola que llegó hasta ellos.

—Pero yo intento ir más allá de esos cálculos. Porque pueden existir unos seres que se comuniquen hablando, como nosotros, que incluso hablen con el mismo vocabulario que nosotros y en cambio no vivan en el agua. Seres que se desplacen por tierra firme porque esta les ofrece algo nuevo— Lorenzo se sentía cada vez más eufórico—, seres que incluso puedan salir de su planeta y venir a visitarnos dentro miles de años. Sujetos que…

—Lorenzo, eres demasiado fantasioso, que exista ese otro mundo y esos seres tan extraños creo que es poco probable, pero aún así me gusta que tengas esa desbordante imaginación— Gaia se acercó para unir su boca a la de su amado, necesitaba el aire que él guardaba en sus bolsas interbranquiales— ¿Unos seres que vivan fuera del agua sin morir? Lorenzo, estas cosas hacen que te quiera aún más.

El sol estaba apunto de surgir por el horizonte. Sus cuerpos escamosos ya estaban demasiado resecos aún habiéndolos remojado cada pocos minutos, sus membranas ya no relucían por falta de humedad. Aquello era peligroso pero era un riesgo que a los dos les gustaba tomar, a cambio de ver aquellos preciosos amaneceres. Lentamente se arrastraron de vuelta a su mar, a las profundidades donde les esperaba su ciudad. Una última mirada a aquel sol que era a la vez muerte y belleza antes de sumergirse en su planeta, en su mundo, en su acuática vida.

Ewal Carrión Díaz.

11 de agosto de 2010

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