Te recuerdo


Mientras se acercaba con un ramo de flores al portal del edificio aún recordaba su primer sentimiento de ayer tarde al ver a Encarna por primera vez en la cafetería universitaria, un sentimiento que le traspasó el corazón y la memoria pudiendo ver el futuro de ambos en un instante: un primer beso perdido en sus ojos azules, su primera cena con las familias juntas, una proposición de boda con anillo incluido, una hija preciosa y el amor eterno. . Fue un presagio tan real, tan vívido, que incluso le dolió físicamente. Y allí estaba él antes de que ocurriera todo eso, llamando al timbre de la vivienda de una chica que casi no conocía, preparado y con el valor suficiente para declararle su amor incondicional.

Abrió la puerta una mujer de unos cuarenta y cinco  años, era parecida a su amor pero con ojos marrones, sin duda la madre y era evidente de dónde heredó la belleza. Parecía perpleja porque no todos los días, reflexionó, se presentaba en casa un chico con un ramo de flores.

—    Buenos días, pregunto por Encarna me gustaría entregarle este ramo.

Aún permaneció la mujer unos segundos observando con fijeza el ramillete, después levantó la mirada y pudo hablar.

—    Sí, claro,  pase por favor y siéntese. Voy a buscarla. Tardaré un poco— le avisó con voz vacilante.

Le acompañó hasta el salón y allí pudo sentarse en un sofá hecho a su medida, estaba extrañamente cansado tal vez atenazado por los nervios. La mujer abrió una puerta y abandonó el salón. Ahora podía dedicarse a observar las fotos que había en el aparador pero no logró encontrar ninguna de su amada. Encontró una de toda la familia, estaba presidida por los abuelos, la abuela tenía aún más parecido con esos ojos azules y el viejo le era familiar pero no lograba situarlo en su memoria, a veces le costaba tanto recordar. Acarició el marco de la foto mientras se daba la vuelta al oír un pequeño sollozo  a su espalda. Allí estaba otra vez la madre, con la espalda apoyada en la pared, tenía el rostro bañado en lágrimas pero su cara denotaba esfuerzo por no romper a llorar. Él se acercó con pausa, le dolían otra vez las piernas.

—    ¿Se encuentra bien, señora? —le preguntó con preocupación.

—    Sí… papá— fue la respuesta mientras le abrazaba y no aguantaba más el llanto.

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