Por verla.


Raúl

Coches con pelo y dientes me golpean, cristales, árboles con ojos rojos y verdes, moríos todos hijos de p…

— Despierta papá— aquella voz atraviesa mi pesadilla como una lanza de luz, difuminando todo como un amanecer blanco.

Al fin puedo abrir los ojos para verlo todo desenfocado, el rostro de mi hija aparece en el campo de visión con aquella sonrisa perenne que la hace tan deslumbrante.

— Buenos días pequeñaja— logro balbucear, tengo la garganta seca.

— Papi— me ríe mientras balancea mi cuerpo con sus pies—, me dijiste que te despertara temprano. Tienes médico y tienes que llevarme antes al cole.

Me incorporo despacio y una punzada me recorre el costado, el brazo derecho aún me duele por las mañanas, cojo las gafas y con ellas me aferro a la realidad, todo se torna más preciso, más colorido. Contemplo a mi hija tumbada en la cama ya vestida y dispuesta, con su collar cuyo matiz rojo intenso siempre me ha resultado tan extraño. Por un instante la sonrisa vuelve a mi boca.

— Oye, me lavo los dientes y la cara, me visto y nos vamos— le informo camino al lavabo para que no se impaciente—. Después desayunamos en algún bar por el camino.

— Papá, yo ya he tomado cereales— me avisa su pequeña voz desde el dormitorio. En la palangana hay una pastilla preparada, la cojo y la introduzco en mi boca.

— Bueno niña, pues yo disfrutaré del zumo después de dejarte en el cole— desde que su madre no está ha tenido que madurar y parece una pequeña mujer; recoge la mesa, lava los platos, ordena su habitación y baja al supermercado aunque muchas veces olvida cosas de la lista. Demasiado responsable para su edad. Aunque sigue teniendo el mismo rostro de ángel que tanto gustaba a su madre.

— Papá, ya sé la razón de acompañarme al colegio, me he dado cuenta de cómo miras a mi profesora de lengua— su risa resuena en mi alma y deja ecos tristes. Escupo en la papelera la pastilla que llevaba en la boca.

Desoigo su comentario y me visto con rapidez, dirijo mis pasos hacia el perchero del salón para recoger mi bolso, ella me espera junto a la puerta para que no olvide las llaves de casa ni el pequeño estuche con mi medicación, está en todo.

 

CLAUDIA

Coño con los zapatos. Menos mal que encontré aparcamiento con facilidad. Acabo de empezar el día pero estos tacones ya me están matando, hoy se me hizo tarde y debo darme prisa, él siempre llega temprano para ver cómo los niños entran al colegio. Yo creo que ya está mucho mejor después aquello y si está allí todavía, apoyado en el buzón de correos como todas las mañanas de lunes a viernes, me dirigiré a él y puede que le pida una cita para el fin de semana. Exacto, eso haré. Mierda de zapatos. Esa sonrisa suya me tiene loca, y hoy tenemos reunión de claustro. Si hablo con él tal vez esté descentrada con los otros profesores o con los niños, no sé, no sé. Joder, está ahí, en el buzón, pero cómo hablarle sin tratar el tema del accidente, qué le digo, seguro que recuerda que fui al funeral. Esas cosas no se olvidan con facilidad y tal vez piense que quiero aprovecharme de su dolor. ¿Cómo decirle que ya estaba enamorada de él antes de eso? No me creerá. Pero él es…sabrá que no miento. No debí ponerme estos zapatos. Además, por qué viene al colegio si no es a verme, a sonreírme, a saludarme. Como ahora mismo, no, no me mires Raúl, no, mierda, me está saludando y con su sonrisa calculada. ¿Estoy guapa? Joder, allá voy, a tomar por culo el duelo, le pido salir ahora mismo si me dejan estos zapatos.

 

INMA.

Está delante de mí, sentado en la misma posición desde hace una hora. Me mira sin comprender mi pregunta. Creo que no se la esperaba. Pero la medicación tiene unos síntomas y él no los muestra. Llevamos toda la sesión intentando hablar del accidente y el evade todas mis tentativas para que se abra. Hoy está extraño, contento. Demasiado para culpar a la medicación de la sonrisa con la que entró a la consulta. Insisto con la pregunta.

— Sabes que tu enfermedad es muy seria. ¿Por qué has dejado la medicación?— intento usar un tono amable, de amiga.

— Yo… no entiendo la pregunta— está buscando tiempo para pensar mientras se retuerce los dedos— Yo tomo toda la medicación, pero son seis pastillas, son muchas para controlarlo todo.

— Eso no son excusas— en verdad sí lo es, más de la mitad de mis pacientes olvida tomar la medicación algún día— si deseas recuperarte, debemos seguir una rutina para solucionar esto. Y estoy segura que llevas semanas sin seguir el tratamiento— vuelvo a mi tono más provocador, es necesario que no me mienta.

— Puede que alguna se me olvide, no estoy centrado. El trabajo, los dolores…y menos mal que me ayuda mi hij… — de repente para y se queda mirándome con ojos desorbitados. Ha tenido un error, y se ha dado cuenta.

— ¿Estás viendo a tu hija? — cómo he sido tan jilipollas, tan ciega, vaya profesional estoy hecha. Intento no parecer sorprendida—. Ese no es el trato que hicimos para solucionar todo esto.

Sus ojos comienzan a llenarse de lágrimas, no habla, no hace ruido alguno pero enseguida todo su rostro se desencaja, en silencio, todo en silencio. Me sigue mirando, pero no me ve. Se limpia el rostro con las manos. No intenta esconder su dolor.

— Recuerda que tu mujer se marchó de casa por que preferías ver a tu hija antes que a ella— necesito que me cuente lo que siente, por qué hemos vuelto al principio— A que persona importante deseas perder ahora, dime. ¿A tus amigos, a tus padres?

— Usted… y sus pastillas, os queréis llevar a mi hija, igual que el accidente, sois igual de crueles— todo su cuerpo tiembla, necesito que se derrumbe para que reconozca su problema.

— Raúl, tu hija está muerta, murió hace un año, y tienes a mucha gente que te quiere para que necesites castigarte con eso— ahora todo está en su mano, me duele pero lo que estaba haciendo no es el camino.

— Pero yo… quiero a mi hija— estalla en sollozos, se dobla como golpeado por alguien—, yo la necesito, me la arrebataron unos cabrones borrachos y la necesito conmigo, y sólo tuve un cuerpo decapitado, mutilado. Tú no lo viste, mi mujer no quiso verla, pero yo sí, yo vi su cuerpo. Por eso necesito verla tal como era, sonriéndome. Dime, para qué sirve todo esto— gritó  mientras tiraba al suelo toda su medicación—, para qué hacer nada si no está a mi lado. ¿Qué hago sin ella? Dime—. Alza el rostro  y vuelve a mirarme con sus ojos enrojecidos suplicando una respuesta.

— Vivir— le digo a Raúl con todo mi corazón.

 

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