Golpes.


Un profundo olor a antiséptico hizo que pusiera más ahínco en abrir los ojos, que gastara más energía en mis narcotizados párpados. Pero antes que la luz de una habitación blancuzca, y de los hierros laqueados de una camilla, me inundó el dolor,  inesperado como todo lo sucedido desde mi última cena, y fue ese pensamiento fugaz de comida el que me hizo ladear el rostro y vomitar con fuerza, sin sustancia, fuera del colchón. Un babeo amargo, del mismo ámbar sucio que mi anillo de compromiso y tal vez del mismo sabor, se fue deslizando por mi rostro hasta impregnar la almohada amarilleando el nombre de mi lugar de trabajo. Oí retumbar de pasos cuyo eco en mi cabeza me torturó como si caminaran sobre mi cerebro. Al momento, fija aún mi mirada en la mancha húmeda del suelo, aparecieron dos refulgentes zapatos negros con sus correspondientes calcetines nublosos y pantalones, al tiempo que me acomodaba en la cama revisé el resto del traje, beige, y un bigote pulcro y gris. Se presentó como comisario García Teruel, un cincuentón de rostro cansado quien con voz ronca me informó de la operación de urgencia realizada hace dos días cuando llegué agonizante, de cómo había velado por mí desde entonces, incansable, con su mirada ahumada y con su encantadora sonrisa de foto envejecida, comentando indulgente que era su deber hacer todo aquello. De improviso me cogió de la mano y tocó el anillo aclarando que mi madre me lo puso otra vez después de la operación. Me anegó un sentimiento de lágrimas, mi madre no merecía aquello, pero mi llanto estaba secuestrado por tranquilizantes. Mi acompañante pensó que me debía una explicación de lo que habían descubierto hasta el momento, un informe metódico e insensible a mis dolores de postoperatorio porque los emocionales aún no se habían desperezado. Yo lo recordaba casi todo pero dejé que me refrescara aquel trance y así fue relatando cómo me encontraron en el suelo con el rostro cubierto de heridas y con dos puñaladas en el vientre; a mi lado dos hombres, uno muerto, el otro moribundo al que se le escapaba la vida por el cuello. El comisario fruncía el ceño conforme iba componiendo la escena, preocupado por mis reacciones. Al final todo se recompuso en mi mente, el canal Memorias perdió al fin la estática y lo recordé todo nítido, y eso me obligó a preguntarle sobre el chico agonizante. El policía extrañado por la pregunta, pasó con torpeza algunas páginas y leyendo me resumió cómo mi prometido intentó salvarme cuando descubrió al otro, al cabrón puntualizó, clavándome el cuchillo y girándose para golpear a mi protector varias veces con un hierro antes de pincharle también en el cuello, pero aún así mi defensor logró quitarle la barra para destrozarle la cabeza con toda su rabia. La voz del policía sonó afligida al contarme cómo mis compañeros hacían lo posible por salvar a mi héroe, pero estaba en coma y con futuro bastante incierto. El bigote adquiere un gesto de circunstancias cuando le pido ver a mi paladín, pero minutos después los dos nos presentamos en la pequeña habitación de la UCI creando mi propia procesión de sufrimiento mientras arrastro dolorida el gotero, pero en mi interior me siento fuerte, segura de lo que voy a hacer. Y allí estaba mi joven prometido, con un respirador artificial y otras máquinas a su alrededor, las mismas máquinas que uso a diario. Pienso en qué hacer,  y al traspasarme un deseo inmenso de matar comencé a llorar desbordada, mis lágrimas caían al suelo silenciosas y huecas mientras mi cuerpo temblaba horrorizado. Deseo que sufra, fueron las únicas palabras que salieron como burbujas líquidas de mi garganta; pero esas palabras también me hicieron daño al comprender que ya nunca sería la misma. Mi acompañante, con ojos de asombro pero sin realizar comentario alguno, comprendió todo mientras con un demacrado gesto de tristeza me abrazaba sacándome de la habitación. Fue entonces cuando, quitándome el anillo color vómito para ponerlo en sus manos, le  pregunté dónde habían enterrado al chico que me había salvado la vida.

Primer premio del II Concurso Literario de Relatos Cortos “Mujeres” en Lorca

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