Solo.


Gruesas lágrimas cubrían el rostro del anciano cuando se quedó contemplando aquellos ojos sin vida. Vislumbró tan claramente los pensamientos de su pequeña criatura que incluso le pareció escuchar una palabra, proveniente de aquellos labios de árbol, llamándole papá. Ya había meditado la decisión que estaba a punto de tomar, se incorporó con resolución acercándose al más cercano de los pequeños ataúdes, retiró la tapa tras un forcejeo con los tachones dorados y pudo recoger los restos del osario en su interior;  regresó al centro del taller para sentarse en su banqueta de trabajo. Estiró el brazo para agarrar el berbiquí que se encontraba en la caja de herramientas, esperándole impaciente. Y comenzó a taladrar el pequeño fémur mientras pensaba entre ensoñaciones y sonrisas que tal vez no pudiera convertir a Pinocho en un niño de verdad, pero sí podía conseguirle amigos convirtiendo aquellos niños difuntos en pequeños muñecos de hueso.

PINOCHO

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