Bloguesía (XXIV)


Alborada arbolada.

Allí está. Míralo. No, así no. Parece que estuvieras examinando un guijarro en cualquier camino. Debes mirarlo con tus ojos engalanados de cebolla, propagando tus pestañas sobre su figura, lamiéndolo de pupilas. Es el árbol gigante, el altavoz por el cual la tierra nos habla y nos increpa. Admira cómo el otoño lo ha desnudado con su caricia impasible, dejando un cúmulo de brazos y codos, de dedos y uñas, una pelambre enmaderada de un gris aún nocturno. Ahora traslada tu vista hacia el fondo, más allá, ¿ves cómo se desborda el charco amarillento?, cómo surge de él la bestia con hilos de oro rompiendo el horizonte, la bestia rampante de la que intenta huir la sombra del árbol, pidiéndonos auxilio en un grito negro. Pero al final todo sucumbe a su ensortijado peso, a su pincelada arcoíris, en una respiración luminosa; mira, ahora el árbol arde ahogado en un mar amarillo, casi desaparece ante nuestros ojos, quedando a nuestra perspectiva tan sólo islas de tronco verduzco y madera estriada. Quedémonos admirando el árbol empequeñecido por el amanecer.

El árbol del poeta (Anif Larom)

El árbol del poeta (Anif Larom)

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