Bloguesía (XXV)


Una de mis posesiones más importantes es un frasco, un frasco de un esmerilado coralino, con tapa metálica que desenrosco cada noche. Me asomo a su interior inmensurable, a su brillo fresco derramándose en mi rostro; vierto ahí sentimientos, experiencias y demás huellas para continuar atiborrándolo de mí, de los alcanfores que me permiten conservar cada recuerdo. Hoy vuelco en él mil sacos de mi mundología: la ternura de la corteza en mis dedos al apoyarme en el árbol, los lingotes que el sol amontona sobre mi piel, las roncas miradas de la gente a mi paso, las cartas de polen que la abeja traza sobre los pétalos, el licor de los besos que el viento horada en mi boca, los saludos que a mordiscos secuestran mi atención, los últimos estertores  de la nube cayendo húmedos sobre mis zapatos, el vapor denso del mineral sudado por la turba, el código Morse con que me habla la chicharra y el grillo, el galanteo íntimo de la hormiga con la semilla sobre mi camino de regreso. Y así me voy desmenuzando en escamas, así me vacío cada noche en mi frasco y duermo agotado después de enroscar la tapa metálica que cierra otra vez mi corazón.

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